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El agua milagrosa de Sor Maria Romero

Una vez llegó un señor que venía a contarle que su hijo había tenido un accidente y se había fracturado la cabeza, por lo que era muy difícil que pudiera seguir viviendo. María le dio “el agua de la Virgen” para que le pusiera a su hijo o se la hiciera tomar y le recomendó que rezara los quince sábados a la Virgen, unas oraciones que María recomendaba a menudo. El creyente debía comulgar cada sábado al pedir la gracia que necesitaba. Al tiempo, llegó el señor con su hijo recuperado. La fama del agua milagrosa que entregaba la Hermana María a los pobres y enfermos fue creciendo. Aún hoy acuden a las obras de María en busca de agua bendita. La gente acudía tanto a ver a María que, a veces, se agotaba de tantas personas que llegaban a buscarla en busca de consejos y oraciones. Su popularidad y credibilidad como mujer pública crecían. En 1968 fue declarada Mujer del Año por la Unión de Mujeres Americanas. Un año más tarde, viajó a Italia para hablar de sus obras. María soñaba con construir casas para las familias más necesitadas. Con la ayuda de personas generosas, creó la Asociación de Ayuda a los Necesitados En poco tiempo logró comprar unos terrenos y luego construyó casitas que daba a la gente que no tenía un techo con la condición de que vivieran como buenos cristianos. Así se fundaron varias ciudadelas de María Auxiliadora en San Gabriel de Aserrí, en Lomas de Desamparados de San José y en la Urbanización Santa Teresita de Aserrí. Además de la Casa María Auxiliadora, la Hermana María también creó la Casa Maín, dedicada a acoger a mujeres jóvenes que viven en la calle.

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La casa de la virgen

Un día estaba María visitando un cafetal con sus misioneritas y dijo: “Aquí construiré mi casa”. Dejó caer una medalla y dijo su frase favorita: “Dios proveerá”.

En ese mismo lugar, tras organizar rifas, hacer peticiones y pedir un préstamo, levantó la Casa de María Auxiliadora o Casa de la Virgen.

Esta casa fue destinada como hogar para personas pobres. Allí también se montó un dispensario y un consultorio de atención médica gratuita para pacientes sin recursos económicos, y una escuela para niños de la calle.

La audacia creativa que animaba a la Hermana María se apoyaba en una fe viva y en una gran confianza en la ayuda de María, su Reina.

La Hermana María era también una buena consejera. A ella acudían las personas y a todas les daba una palabra y agua bendita.

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Su anhelo misionero

Movida por un profundo deseo de enseñar a los niños a amar a Jesús y a María y en respuesta al llamado de Dios, María viajó al Salvador, donde las Hijas de María Auxiliadora tenían su casa de formación.

Durante este período, María afianzó su confianza en Jesús y en la Virgen. Estaba segura de la Madre Auxiliadora la iba a ayuda, en todo lo que emprendiese por el bien de los demás.

En el año de 1923, María realiza sus votos como Hija de María Auxiliadora y regresa a Nicaragua, al colegio donde ella había estudiado. Todos recuerdan su carácter alegre y una curiosa libreta donde anotaba pensamientos que, al azar, leía a las niñas de la escuela.

Este bloc de notas, iniciado en 1924 y que cobija sus sentimientos y frases y pensamientos de autores cristianos como San Juan de la Cruz , Santa Catalina de Siena, San Agustín y Santa Teresa de Jesús, es hoy un libro llamado «Escritos Espirituales»

En 1931, María es destinada a la comunidad del Colegio María Auxiliadora de la ciudad de San José, la capital de Costa Rica.

En esta casa, María estaba a cargo del coro (era maestra de música y canto) y enseñaba a las niñas a dibujar y pintar.

El día que se enfrentó a su primera clase, las alumnas no la querían y se escondieron entre los muebles del aula. Pero a María no le importó. Empezó a tocar el piano y la melodía convenció a las niñas.

Observando cómo los protestantes iban casa por casa, predicando por las calles de San José, María invitó a las niñas del coro y a las alumnas del colegio a ir también a las casas de los barrios más pobres, llevando la Buena Noticia y difundiendo la devoción a María Auxiliadora.

Este grupo fue bautizado como las “misioneritas”. María también organizó varios Oratorios festivos en San José y en los pueblos de los alrededores. Las misioneritas colaboraban en la animación y en la catequesis.

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Su nacimiento al cielo

Con más de 75 años cumplidos, la Hermana María estaba cansada y muy enferma. Su superiora le sugirió un descanso en Nicaragua, su tierra natal.

Su familia le consiguió una casa frente al mar en Las Peñitas, en la ciudad de León. María siempre decía que quería morir frente al mar, en el momento en que el sol se ponía.

Al despedirse de las hermanas en San José, les dijo que ya no volvería a ver el Sagrario de la capilla, que con tanto amor construyó para la Virgen. Se fue a Nicaragua.

Ya en la casa de Las Peñitas, junto con algunas hermanas y familiares, una tarde se fue a descansar. Cuando vieron que no regresaba para comer, fueron a buscarla y la encontraron ya muerta.

Murió, como había deseado, viendo a Jesús, su «Divino Sol» como lo llamaba, en cada gota del océano Pacífico. Era el 7 de julio de 1977.

Los funerales fueron en San José de Costa Rica. Centenares de personas acudieron al entierro.

Sus restos descansan en San José, junto a la gran obra que ella fundó. Fue beatificada el 14 de abril de 2002 por San Juan Pablo II.

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